Letras

Poemas de Mariano Rolando Andrade (editor BA Poetry)

Mariano Rolando Andrade (Buenos Aires, 1973). Escritor, poeta, traductor y periodista, es editor y miembro del comité editorial de la revista Buenos Aires Poetry. Colaboró en diversos medios en Argentina antes de trabajar con la Agencia France-Presse en París, Bruselas y Nueva York. Publicó la novela “Los viajes de Rimbaud” (1996), participó en la antología de poesía “Buenos Aires no duerme” y ganó el Premio Juan Rulfo a mejor cuento en lengua francesa (2001). Acaba de coeditar junto con el poeta, traductor y crítico literario Juan Arabia la antología bilingüe “Poesía Beat” (2017).

A fines del año pasado recorrió los míticos Mares del Sur, desde Yakarta hasta las Islas Marquesas, tras las huellas de Rimbaud, Melville, Stevenson y Conrad, para escribir un libro que será publicado próximamente en la colección Pippa Passes de Buenos Aires Poetry. Sus textos han sido publicados en Argentina, México, Venezuela, Chile, España e Italia.


El poeta de las manos rotas

 

I

Desperté una noche

tras veinte años

y entendí el dolor:

mis manos yacían

destrozadas

a golpe de martillo

sobre la mesa de trabajo.

 

Primero lloré;

siguió el silencio.

¿Qué hacía yo

con las manos así,

añicos y poco más?

¿Quién se había

ensañado en mi sueño?

 

Ya nunca más

crearé versos, me dije.

Se acabó.

Tu suerte al fin

es la de tantos hombres

abatidos

a mitad del camino.

 

Miraba mis manos

y callaba.

Callaba y miraba.

Desahuciado,

recordé al músico

que perdió sus dientes

y huyó para renacer.

 

Temblé, la sangre

caliente sobre la mesa.

¿Y yo?

¿Adónde podría ir?

¿Adónde curaría

estos dedos

y esta garganta?

 

II

 

A los Mares del Sur,

escuché decir a Rimbaud

desde Java.

A los Mares del Sur,

susurró Conrad en el Otago,

enterrado en Tasmania.

 

¡Sí, a los Mares del Sur!,

gritó solitario Melville

en Nuku Hiva.

¡Eso, a los Mares del Sur!,

escuché a Stevenson

en Vailima y a London en Viti Levu.

 

III

 

Cesó el llanto.

Recogí mis restos

y así partí,

feliz en la negrura.

Quienes me veían

sonreían

y murmuraban:

“Ahí va,

déjenlo solo:

es el poeta

de las manos rotas”.

 

 

 

Songlines

 

Aquí la tierra es roja

y el nombre del muerto

no se pronuncia por un año.

 

La tierra entera es un laberinto

de versos y notas,

esparcidos antaño por ellos

en sus travesías

para que los hombres canten

y no olviden quiénes son.

 

La tierra entera es una melodía

que guía a los hombres

a través de lo desconocido,

como la estrella matinal

más tarde

camino a la tierra de los muertos.

 

Aquí -allí también sospecho-,

la tierra que no se canta

es tierra que morirá.

 

Si llueve y llega la noche a Prambanan

Si llueve

y llega la noche a Prambanan,

ella se sentará sola

en el umbral del templo

del ánsar de Brahma

para verte partir

sin pedir

que te quedes a consolarla.

 

Si llueve

y llega la noche a Prambanan,

ella pensará en Sita

repudiada por Rama,

y preguntará

por qué los hombres

hacen ciertas cosas

sabiendo de antemano el final.

 

Si llueve

y llega la noche a Prambanan,

ella dejará caer

todas las gotas del cielo

y luego caminará,

sola y libre,

hacia el amanecer

que vislumbró al verte partir.

 

Canción del ojo rojo de Yasur

Ella y yo

al final

del Camino Olvidado.

Al final

de nosotros.

Amparados

por el ojo rojo de Yasur.

Advertidos

por los suspiros.

 

Ella y yo

vagando

por la llanura de cenizas.

Al final

de nuestro amor.

Espiados

por el ojo rojo de Yasur.

 

Ella y yo

en las tierras

del demonio Taramsumas.

Al final

del Camino Olvidado.

Salpicados

día y noche

por las lágrimas

que caen al cielo

desde el ojo rojo de Yasur.

 

El entierro de Stevenson

 

De pie ante tu tumba blanca,

veo el océano que te trajo

y la jungla que te amparó,

las montañas que quizás

te llevaron a Escocia.

 

Veo a los jefes samoanos

recibir la noticia

“Ha muerto Tusitala”,

que partió de la casa en Vailima

una noche de diciembre.

 

De pie ante tu tumba blanca,

comprendo tus dos deseos:

ser enterrado en lo alto

de la montaña Vaea

y llevar las botas puestas.

 

Pocos son los palagi

que han merecido lágrimas

en estas islas y mares

saqueados sin descanso

por las plagas de Occidente.

 

De pie ante tu tumba blanca,

gran Tusitala del norte,

veo las antorchas y escucho

los brazos de doscientos

surcando la tierra cuesta arriba.

 

El resto de Samoa se pregunta

“qué desgracia nos ha caído”,

y en la morada de Vailima

alguien prepara tu mortaja

y viste tus pies desnudos.

 

Llega la temida mañana ya,

tus anfitriones te acompañan

y los más fuertes cargan

el ataúd hasta lo alto de Vaea,

la cima de la tumba blanca.

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Juan Arabia

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