Las obras de Eugenio Cuttica tienen trazos violentos, sinceros. Es como si nos hablaran filosóficamente de la cruda realidad, para transportarnos a una simbiosis con un otro (nosotros mismos). Trayectoria y experiencia, búsquedas y conflictos, forman parte de una materia obligada a la hora de hablar de arte. Todo eso es parte de las obras de Eugenio. Como si no hiciera falta hablar del detalle, le hicimos 5 preguntas que despliegan un sinfín de sensaciones que expresan el detrás de escena de su trabajo. A descubrirlo.

 

¿Qué cambios de paradigma fueron un aprendizaje en tu carrera?

Hay quienes todavía creen que se puede prescindir del arte o se puede dudar de su utilidad. Sin embargo creo que es más útil que aquello que se proclama como tal. Hace 45 años que me dedico a esto de forma metódica y sistemática. Estudié budismo en New York, y era como si hubiera estado en una clase de arte. Un día, ante 500 estudiantes, levanté la mano y pregunté si era “lo mismo pintar o escribir que meditar”. El monje que dictaba la clase me afirmó que era exactamente lo mismo. Meditar es encontrar la belleza. Pintar, escribir o hacer arte en cualquiera de sus disciplinas, es encontrar la belleza que somos dentro, para luego exteriorizarla en un soporte y que sea percibida por los demás. Ahí comprendí que haber pintado durante más de cuarenta años es exactamente lo mismo que haber meditado todos los días durante horas.

¿Creés que cada vez hay menos contemplación y más fugacidad?

Es cierto que el tiempo se ha acelerado, que la mirada reflexiva y contemplativa se está perdiendo. Es como si hubiéramos entrado en una “realidad twitter”, una especie de actitud frívola y superficial ligada a la velocidad que hasta se interpreta como un rasgo de inteligencia. Yo adhiero a un slow movement. Creo que la velocidad es vértigo y el vértigo también es narcotizante. Hay algo de artístico en la lentitud. Lejos de parecer aburrida, creo que a veces es mucho más sofisticada.

Una vez mencionaste la idea de “dejar de creer en el intelecto como modo de llegar a lo sublime”. ¿Qué pasa cuando eso ocurre?

Los canales intelectuales son un sendero erróneo para alcanzar lo sublime. Lo sublime es un modo de belleza que definieron los románticos en su época. La belleza ligada a las verdades filosóficas, a la libertad y al amor. Creo que somos un simple vehículo, pero con el don de magnetizar a los otros. Todo arte que provenga del área intelectual no es arte, es simplemente una construcción. La palabra arte proviene del griego y significa “más allá”. El arte no es lo que se ve, sino lo que hace ver. Es lo que evidencia lo obvio, lo que hace visible a lo invisible.

¿Qué conmueve hoy a Eugenio Cuttica?

El talento. De los jóvenes, incluso de los niños y en cualquier disciplina. Creo que ya no podría relacionarme con personas sin una actitud artística. No me refiero a que pinte un cuadro o haga una escultura, sino a que hagan lo que sea y le den una intención, un poder de intención artístico. Creo que soy como un “scouter” de personas cargadas de sentido. La serie que vengo realizando hace quince años – “Los familiares de un segundo”– es algo como un retrato del alma humana, no como una suma de retratos. Y esas son las personas que me conmueven.

¿Qué proceso estás atravesando este año en tus búsquedas?

En este momento estoy tratando de cumplir con compromisos adquiridos después de la muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes. Esa muestra fue un torbellino. Desde hace décadas se viene diciendo que la pintura ha muerto. Curadores y críticos afirman que la pintura ya no es arte. Y mi muestra les dolió hasta la médula, y fue algo masivamente conmovedor en la conexión de la gente con la obra. Fue la prueba más contundente de que la pintura, lejos de estar muerta como lenguaje, está más viva que nunca. El arte de la pintura conlleva un poder resurrector, y en un segundo se recuerda lo importante que la “matrix” quiere que olvidemos.

 

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