Kickaboo, una peluquería con onda

Kickaboo, una peluquería con onda

Kickaboo 01

 

¿Qué tienen en común Liv Tyler, Elle Macpherson, Cara Delevingne y Lauren Conrad? Fotos de las 4 abundan en mis boards de Pinterest, todas subtituladas con una variante de «quiero ese pelo». Nunca fuí de esas personas a las que le halagan la cabellera. De chica, con rulos a morir y sin saber qué hacer con el volúmen descontrolado, e incluso de grande, siempre con una ligera variante del mismo corte y nunca, pero jamás cambiando mi color original, mi look siempre fue… normal. Recuerdo automáticamente los dos halagos que en toda mi vida recibí por mis pelos. El primero fue en una situación bizarra en un vestuario playero con la mismísima Julieta Prandi, que mientras me miraba cepillarlo me decía «me encantaría tener la cantidad de pelo que tenés» («si, claro» pensaba yo para mis adentros, suprimiendo una carcajada). La segunda fue de una de las mejores amigas de mi mamá, que amaba mi color natural, y me hizo prometerle que nunca lo iba a cambiar, para solo darme cuenta, un par de años más tarde, que mis reflejos por pasar tres meses en la playa no iban a volver nunca una vez que me internara frente a la computadora en mi usual rutina laboral.

El mejor halago que podría hacerle a mi pelo en los últimos tres años es que es el más sano que conozco. Entero, prolijo, pero completamente aburrido… y, lo asumo, completamente por mi culpa. Por eso, cuando hace un par de días los chicos de Kickaboo me invitaron a conocer la peluquería y me preguntaron qué me quería hacer decidí abandonarme a las manos de los profesionales.

Apenas escondido a pasos de las cinco esquinas, en Recoleta, Kickaboo es un salón que combina lo mejor de las clásicas peluquerías de barrio con los locales más trendy. Con solo traspasar la puerta del lugar, ambientado con una estética art decó en tonos suaves, sillones verde agua, butacas de cuero y espejos circulares incluidos, te das cuenta que no sos sólo un número. Son pequeños detalles que hacen la diferencia en un universo de clientes habituales, no solo con nombres sino con historias en voz alta, casi como charlas de café con tijera y tintura de por medio.

Mi primer premisa «me hacen cualquier cosa menos tocarme el color» duró 5 minutos, abandonada apenas Diego me mostraba en el iPad, que está a disposición de cada clienta de la peluquería para tomar imágenes de inspiración, fotos de Keira Knightley, prometiendo que iba a iluminarme la cara y dejarme igualita. Como tengo el no difícil, a los 5 segundos ya estaba con la cabeza hecha una palmera mientras él decoloraba a mano pequeñas secciones del pelo. «Si lo hago con el pincel, se va a notar la diferencia de tono como una franja horizontal horrible» me explicaba, con paciencia, ante mi cara entre horrorizada y divertida.

Lavado, desenredo, baño de luz e hidratación mediante (súper importante si te hacés una decoloración, así cerrás las cutículas del cabello) llegó Matías Constantini, dueño y estilista, a terminar lo que había pasado de ser una visita a una peluquería a un cambio (extremo) de look. Mi premisa número dos «nada de cambios drásticos» saltó por la ventana en cuanto Matías me hacía decidir entre un flequillo o fleco al estilo Freja Beha Erichsen («vamos con lo segundo» – yo a los 2 segundos… ¡coherencia, ante todo!) dando por cerrada mi etapa de pelo aburrido.

«Buscamos aliar la practicidad con lo canchero» cuenta Matías. Hay mucha gente que pasa en un recreo del trabajo porque le queda cerca, pero también son la mayoría los que vuelven porque, como yo, encontraron en Kickaboo todo lo que necesitan para cambiar y mantener su look fresco, actual, con un trato personalizado y en un lugar súper cómodo. Es una burbuja en la ciudad, un espacio en el que podés relajarte y realmente abandonarte en las manos de los profesionales sin miedo a salir odiando el resultado.

«Parecés una rockstar» me dicen cuando llego a casa. Listo, me convencieron.

Animate vos también al cambio, visitalos vos también en Libertad 1222, pasate por su web, facebook, twitter e instagram.

 

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