No me pregunten bien cuándo fue porque no tengo ni idea, pero en algún momento de nuestra historia reciente el término “de cabotaje” se transformó en una suerte de insulto, una forma peyorativa de hablar de cualquier cosa que no consideráramos lo suficientemente elevada y refinada.

La moda local nos convoca constantemente a mirar hacia afuera, nos obliga a ver que es lo que esta pasando en las pasarelas de New York, París, Londres y Milán. Para la tendencia el cabotaje es un quemo, algo perpetuamente ignorado y reducido a souvenir de turista, a la misma altura del lobo marino que nos pronostica el clima cambiando de color.

Mirá si será así, que hizo falta que Christopher Bailey mandara por la pasarela de Burberry ponchos con monogramas para que las ruanas se volvieran furor en las veredas palermitanas, y no el simple hecho de hacer memoria y rescatar las propias tradiciones que de a poco van perdiendo fuerzas en el interior de nuestro país.

“Yo miraba horizontes ajenos, cuando hay muchas más respuestas en el cabotaje” me contaba Julia Schang-Vitón apenas nos sentamos a charlar sobre su nueva colección para este otoño-invierno 2015, haciéndose cargo, orgullosa, del bastardeado término para titular su propuesta.

Probablemente para ella haya tenido mucho mas que ver con el viaje que arrancó hace ya un tiempo para desarrollar lo que hoy es el eje central de su nueva colección, una colaboración con Miriam Atencio, artesana oriunda de la provincia de San Juan, llamada Raíz. Consiste en una serie de 12 prendas bajo un abanico de diversas tipologías, todas realizadas en telar con fibras de llama provistas por el Programa de Camélidos de los Andes.

La dificultad para conseguir textiles, en parte debido a las trabas en las importaciones, hizo que Julia tuviese la inquietud de moverse y tratar de encontrar nuevas respuestas en el interior y en la historia del país. Descubrió un nuevo material para trabajar y una técnica que, ingenuamente, desconocía.

El telar tiene varias limitaciones, no solo porque su manejo requiere de un aprendizaje que hoy en día resulta cada vez menos difundido en pos de oficios modernos, sino que las piezas resultantes son rectangulares, una forma que condiciona al diseño de cualquier prenda que quiera ser producida con esta técnica. Para esto, Julia armó sus bocetos como un origami en el que líneas, diagonales e intersecciones son rigurosamente consideradas para no perder ni la identidad de su propia marca, ni la esencia del origen de las prendas, que pueden ser identificadas como sanjuaninas por detalles que se respetaron en su diseño y confección.

Así es como nos encontramos con tapados-kimonos (no podía faltar la influencia oriental de la diseñadora), blusas, ponchos, vestidos, sweaters y bufandas, una línea Haute Couture de cabotaje con detalles visuales y táctiles fantásticos.

Son estas texturas las que se llevan todos los laureles esta temporada, un punto que une esta cápsula con el resto de las piezas de la colección, con batones, vestidos, tope y pantalones en sedas, lanillas y algodones, y con tapados y chalecos en paño de lana. Todo hace referencia a los paisajes de nuestro país, no solo con sus llanuras y montañas sino con sus colores, una paleta que Julia decidió mantener neutra para emparentar con la región y a su vez respetar la fuente de la materia prima lo máximo posible, descartando tinturas para los hilados.

El cierre lo dan los básicos, o “cotidianos”, una línea que se generó teniendo conciencia sobre la falta de extremos que nos está dando el cambio climático, y la necesidad de tener prendas funcionales, de todos los días, con las que puedan complementarse el resto de las piezas más complejas que conforman la colección. Hechos con algodón orgánico peruano, los clásicos son una gama de gamuzas, vestidos, remezones, polleras y ponchos que resultan indispensables para sentar los cimientos de cualquier guardarropas.

Es una colección de cabotaje, pero en el mejor sentido de la palabra. Nos lleva de viaje tanto al interior del país como en el tiempo, resucitando tradiciones que en algún momento olvidamos, de la misma forma que nos cuesta acordarnos que no hace falta cruzar un charco salado para vestirnos bien. ¿Cuánto falta? ¿Ya llegamos?

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